Parado en el borde de la tarde veo las nubes correr hacia el mar, el aroma de la noche se abre paso sutilmente entre el smog y tu perfume, aún revoloteando en mi conciencia; pasa el tiempo pero la sangre no olvida, y el humo recrea tu rostro en cada exhalación, en cada palpitación resuena como un trueno, implacable, tu adiós.
Pensé que pasaría, desgarrándome, pero vivo, entre las fauces del olvido hasta que por fin tu luz se extinguiese permanentemente de mi cielo, permitiéndome vivir mi oscuridad tan amada, dándome una muerte cuando menos digna.
Pero no, Aquí estoy porque los desgraciados no tienen derecho de morir con sólo pedirlo, solo cuando exista algo por lo que deseen vivir, porque el amor toma a veces la forma de una puta caprichosa, y se va con todo lo que tienes, sin avisar, sin dar tiempo de recuperarte.
Ciento cincuenta días pueden parecer diez años o un segundo, dependiendo de cuántas veces se le antoje al viento llevarte al pasado.