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viernes, 17 de abril de 2026

Hoy sentí nostalgia. Pensé en aquellas veces que iba al super con mi mamá; casi siempre un día cualquiera. Mis favoritos eran los días de semana, un martes, por ejemplo, porque me hacía sentir fuera de rutina, como unas microvacaciones del colegio y del calor insoportable de las tardes guayacas. Ahora que lo pienso, también extraño esas tardes, ese calor, y el colegio.

Las salidas siempre fueron especiales, porque las planéabamos mucho, 'hay que conseguir una lámpara nueva para el baño', 'compremos un microondas', 'esa cortina ya no me gusta'... eran las frases que lo iniciaban todo: una minuciosa revisión de las finanzas del hogar, un estricto plan de ahorros y, en raras ocasiones, un 'tarjetazo', bien calculado, eso sí, porque cuando se es pobre, hay que cuidarse más de adquirir deudas que de pasar hambre.

De pequeño creía que era el acto en sí de salir a pasear, o la emoción de abrir algo nuevo en su caja, lo que adoraba de aquellas salidas, como una introducción temprana a la dulce trampa del consumismo como forma de tapar espacios.

Con el tiempo aprendí que lo memorable era lo más cotidiano: poder estar ahí, un martes cualquiera, en un súper cualquiera, compartiendo un Chivería con mamá, conversando de planes triviales.

Se vuelven infinitamente valiosos esos recuerdos hoy, que ningún ni cualquier martes, en ningún ni en cualquier súper, nos podemos sentar a planear qué cosa más le falta a la casa. 

A lo mejor porque sin ella le falta todo.

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